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Familia y desarrollo infantil: ¿Qué es lo que realmente importa?

Por Valentina Marchant

La composición familiar ideal ha sido motivo de discusión al momento de argumentar cuáles serían las condiciones ideales para el desarrollo óptimo de los niños, niñas y adolescentes. En este panorama, la tradicional familia biparental se ha impuesto como un referente muchas veces incuestionable que funda, en gran parte, prejuicios y mitos en torno a composiciones que no se ajusten a dichas características. Según los datos del Censo 2017, si bien en Chile aun predomina la composición nuclear biparental (donde reside la jefatura de hogar y un cónyuge, conviviente de hecho o conviviente por unión civil, con o sin hijos) con un 41,4% (de los cuales, cerca de un 30% corresponde a una composición biparental con hijos), un 19% se constituye como hogar extenso (es decir, con núcleo e incluye a otros parientes de la jefatura del hogar tales como hermanos, padres o nietos) y un 12,7% serían monoparentales (hogares que se componen solo por la jefatura de hogar e hijas o hijos), En esta última tipología, un 84% de éstas tendría jefatura femenina, siendo además, la composición de hogar con mayor incidencia de la pobreza, donde se observa un 11,8% de hogares pobres + pobres extremos, versus un 7,5% en hogares biparentales (Casen 2017).

Existe documentación que establece la relación entre contextos de pobreza y pobre desarrollo infantil. Desde una perspectiva comparada, aquellos niños que son criados en contextos de alta vulnerabilidad, respecto a niños con mayores recursos económicos, tienden a tener peores resultados escolares. Los múltiples factores de estrés frente a los cuales se enfrentan estos niños, generan problemas en las capacidades de auto-regulación y resguardo de los niños, afectando el correcto desarrollo posterior. Asimismo, la precariedad económica dificulta que los padres puedan proveer un ambiente y materiales estimulantes para el desarrollo cognitivo (Bradley & Corwyn, 2002; Evans & Kim, 2013). Las situaciones de conflicto que suelen envolver a familias en situaciones de vulnerabilidad económica, serían detonantes de una menor capacidad responsiva de los padres sobre las necesidades de sus hijos (Bradley & Corwyn, 2002).

En el caso de las familias monoparentales, se genera una situación de alta vulnerabilidad para el niño (Jadue, 2003), asociado principalmente a precariedad económica y bajo nivel educativo, pudiendo generar problemas de tipo escolares y personales, situando a los hijos en un contexto de alto riesgo. De hecho, entre los padres que solo han logrado finalizar la educación básica, los hijos obtienen resultados bastante inferiores en comparación con aquellos que tienen padres con estudios superiores (20 puntos menos en las pruebas SIMCE de lenguaje y 25 puntos menos en el SIMCE de matemáticas) (Herrera, Salinas & Valenzuela, 2011). Esto, conlleva a una transmisión parental de desventajas sociales que perpetua condiciones de pobreza y formación precaria. Cabría agregar, respecto a estos hogares, que éstos no solo se enfrentan a una precariedad económica, sino que también a una falta de soporte social y emocional (Golombok, 2015).

Existirían, por tanto, factores asociados a estructuras monoparentales que pueden propiciar alteraciones en el comportamiento y rendimiento. Este es el caso de precariedad económica o de marginalidad social, ausencia de un padre, disolución de una pareja o muerte de un cónyuge (Agra, 2008). Los autores Herrera, Salinas & Valenzuela (2011), por medio de un análisis de los datos de la Encuesta CASEN 2009, referentes a los núcleos familiares encabezados por jefes hombres y mujeres entre 18 y 59 años, establecen que existiría una relación entre la estructura familiar y el bienestar, donde los datos indicarían que, en las familias lideradas por personas sin parejas, el 36% se encontraría en el quintil más pobre. De esta manera, el bienestar de las familias se relacionaría con el número de integrantes que trabajan y la cantidad de hijos que existe en el hogar, donde la estructura familiar impactaría en la probabilidad de alcanzar el umbral mínimo de educación y evitar caer en conductas de riesgo. El estudio concluye que las estructuras familiares más vulnerables se presentarían en familias monoparentales con jefatura de hogar femenina y en familias numerosas, donde la capacidad de ahorro y distribución de recursos es más escasa. Los autores recalcan que, si bien la estructura sería fundamental para predecir el bienestar futuro y, por consiguiente, el rendimiento y desarrollo de los niños, serían la calidad de involucramiento de los padres y de las relaciones, factores tanto o más decisivo de que la estructura de la misma. En este ámbito, familias de quintiles superiores donde ambos padres trabajan y poseen poco involucramiento parental, podrían afectar negativamente en el desempeño y desarrollo de los hijos.

Golombok (2006) realiza un recorrido acerca del impacto de las distintas estructuras familiares en el desarrollo psicológico y social de los niños. A partir de sus estudios y de una revisión de exhaustiva de diversas investigaciones en la materia, la autora concluye que la estructura familiar no sería un determinante en el desarrollo de los niños, debiendo dedicar la atención al tipo de funcionalidad y calidad de relaciones al interior de la familia. Por ejemplo, los efectos a corto o largo plazo de la monoparentalidad, estarían mediados por las diversas circunstancias vitales. Es así como la monoparentalidad producto de un divorcio traumático para los niños, generaría un impacto negativo debido a la mala calidad de relación entre los padres, más que la misma estructura. Se debe destacar que esta composición familiar se ha asociado a una mayor precariedad familiar, debido especialmente a la falta de soporte económico y social que experimentan este tipo de estructuras familiares. El mayor estrés e incluso depresión encontrado en las madres solas, genera dificultades en la detección de necesidades y vinculación emocional con sus hijos, la falta de capacidad parental, conllevando a un desarrollo emocional complejo. Por otra parte, la autora sostiene que si bien, la existencia de un padre en la crianza de los niños favorece el fortalecimiento de habilidades sociales y mayor sentido de independencia, esto no tendría vinculación con la masculinidad aportada por el padre de la familia, sino que con la existencia de un segundo progenitor en el hogar. Incluso la autora establece que los padres poseerían las mismas capacidades para detectar las necesidades afectivas de sus hijos. De esta manera, se pone a prueba el modelo tradicional de familia, para abrirse a nuevas posibilidades que consideran la funcionalidad y la calidad de la relación con los hijos, más que la sola presencia de un padre. Es así como la función parental adquiere mayor importancia, donde las distintas experiencias vitales tanto de los padres como los hijos, determinarán la calidad del ambiente familiar. La edad del niño, la edad que poseía al momento de una transición (separación, muerte, divorcio), así como la manera en que los padres asuman las distintas circunstancias, genera repercusiones diversas en el contexto familiar. Niños que han superado un divorcio, luego de un par de años, pueden presentar mayores niveles de bienestar que aquellos cuyos padres poseen un matrimonio inestable.

Es así como la composición o estructura familiar no sería un único determinante en el desarrollo y equilibrio psicológico de los niños, donde las distintas experiencias que los niños vivencian también generarían un efecto en su desarrollo. La falta de apoyo económico o social, el estrés que implica la satisfacción de necesidades en situación de pobreza, la depresión producto de una separación, la ausencia de un padre que no experimenta una relación significativa con sus hijos, parecen ser más determinantes que solo la forma en que ésta se estructura. En esta línea, la estabilidad familiar, la experiencia de transiciones familiares y la función parental, adquieren mayor relevancia para el bienestar de los hijos. Sun & Li (2011) dan importancia a la estabilidad familiar para el desarrollo de los niños, principalmente en términos del estrés emocional que ciertas condiciones familiares pueden significar para su desarrollo. Los autores estudian los efectos de las transiciones familiares (entendidas como la presencia de uno o más cambios dentro de la estructura familiar, a partir de la entrada o salida de alguno de los padres o pareja) a lo largo de la misma trayectoria familiar. Dentro de los resultados de dicho estudio, se reportan resultados académicos más bajos en aquellos estudiantes que han experimentado situaciones de inestabilidad. Si bien las familias monoparentales presentaron los resultados más bajos en términos de desempeño escolar, aquellas familias monoparentales que no presentaron transiciones presentaron mejores resultados académicos. En esta misma línea, las entradas y salidas de familiares, la convivencia con otros familiares que no pertenecen a la familia nuclear o incluso la incorporación de allegados, enfrentan a la familia a situaciones de tensión, especialmente en los niños. Si bien Heard (2007) sostiene que las transiciones de vida son propios del transcurso de la misma y que influyen en el curso de la vida, actuando como estresores emocionales, la experiencia dependerá de la edad a la cual el niño se enfrenta a estas transiciones y los ciclos vitales en los que se encuentran.

Desde esta perspectiva, el trabajo con familias requiere de una mirada integral para la búsqueda del óptimo desarrollo de los niños y niñas, donde la mirada debe de estar puesta en las dos líneas que compondrían una definición y aproximación de lo que entenderemos por familia y sus consiguientes efectos en el desarrollo: por una parte, una conceptualización de tipo estructural, la cual define cuáles son las composiciones y roles sobre los cuales las personas se construyen como familia y, en segundo lugar, una conceptualización de tipo funcional, donde destacan las funciones básicas del sistema familiar y parental. En este debate, cabe introducir las aseveraciones de Inglehart & Baker (2004), quienes plantean que independiente del contenido operacional asignado a la familia, existiría un significado esencial en todas las sociedades, considerando la importancia que la gente otorga a la familia de manera universal. De esta manera, más allá de como clasificamos, la familia se constituiría como tal en la medida que esta hace sentido a las personas y es considerada como el elemento trascendental y fundamental en sus vidas. Es así, como resulta esencial agregar una tercera línea en la forma en la que observamos a la familia, y esta es a partir de la conectividad que las familias poseen con su entorno, con sus redes de apoyo más próximas para la entrega de herramientas e información necesaria para poder llevar a cabo las funcionalidades básicas para el desarrollo de sus integrantes.

La conceptualización del desarrollo infantil como el resultado de un proceso dinámico de interrelaciones entre las distinta esferas que rodean a los niños y niñas (desde la relación más próxima entre un padre y su hijo hasta la relación que dicha familia construya con los beneficios municipales o vecinales) y que van transformándose en el tiempo según los distintos ciclos vitales, pareciera trascender tipologías que enmarcan a las familias en análisis de tipo transversal que, en situaciones de alta vulnerabilidad familiar (y por tanto, vulnerabilidad asociada al desarrollo infantil) entregan soluciones a corto plazo.